Con Hugo Lucini nos conocimos en 1972. Yo todavía no había cumplido los siete y mis padres habían decidido que a partir de segundo grado mi colegio sería el Santa Cruz. No sé cuánto tardamos en advertir que nuestros viejos habían sido compañeros en el Otto Krause. Continuábamos el vínculo 30 años después, fortuitamente.
Lo que no fue fortuito fue el haber pegado onda. Me encantaba ir a jugar a la casa de Hugo en la calle Colombres. Hoy me quedan recuerdos que se parecen más a sensaciones. Amplios espacios, escaleras, un fondo con plantas, su habitación enorme y nosotros jugando ahí la tarde entera.
Entre todos sus juguetes tenía una especie de fortaleza y una soldaditos medievales articulados que me fascinaban. Yo tenía esos soldaditos de molde del ejército norteamericano de la segunda guerra, todos verdes, todos iguales, todos inmóviles. Había llegado a fantasear con robarle uno. Imaginaba que sólo uno alcanzaba para derrotar a mi ejército pedorro. A esos doce del patíbulo que no servían para nada. Pero mi formación cristiana protegió su propiedad privada por aquellos tiempos.
Fueron tres años en el Santa Cruz, después la economía de mis viejos me llevaron a la escuela Pública N* 8 en Caballito. Adiós a las tardes de juego en Colombres con Hugo y adiós a ese ejército maravilloso.
El secundario fue en el Pío IX de Almagro. Increíblemente nos reencontramos, otra vez por fortuna. Eran tiempos en los que los soldados habían dejado de ser juguetes y rondaba por las calles.
Promediando el secundario, Hugo se fue a otro colegio. A partir de ahí nos vimos, quizás no tan asiduamente, pero ya no por golpes de suerte si no llevados por nuestras propias intenciones.
La semana pasada sellamos definitivamente nuestra amistad, cuándo en un asado me regaló aquel soldadito que no pude robarle.
Que mejor que un cruzado para tanta vida maravillosamente cruzada.

